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Helen Levitt retrató como nadie el día a día de la ciudad, poniendo especial atención en los barrios periféricos y su actividad cotidiana. Discípula de Bresson, su obra es un reflejo exhaustivo de la infancia en las calles de la ciudad.

 

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Helen Levitt en 1963 / Fuente: Los Ángeles Times

 

Ni la Gran Manzana, ni la Estatua de la Libertad, ni los grandes rascacielos de Nueva York, aparecen en la obra de Helen Levitt. La fotógrafa neoyorquina, fallecida el pasado 29 de marzo a los 95 años de edad, prefirió orientar su objetivo hacia miras más bajas. En la década de los 30, recibió la influencia de Cartier-Bresson, quien la animó a comprarse su primera cámara, una Leika de 35mm, y de Walter Evans, responsable de sus primeros pasos en el uso del laboratorio. Desde el principio, Levitt mostró interés por los instantes cotidianos de la vida neoyorquina, afanándose en encontrar lo que ella denominaba “el momento decisivo”. Según su propio discurso, no buscaba deliberadamente los instantes que fotografiaba, sino que eran éstos los que se le presentaban a su paso.”Yo nunca quise decir nada en mis fotografías” dijo en una entrevista al Chicago Tribune en 2003. “La gente me pregunta que qué significan y yo no tengo respuestas válidas. Simplemente veo lo que hay”.

 

A pesar del elevado contenido humano de sus capturas, renunció siempre a la práctica del fotoperiodismo, alegando ser “muy tímida” para esa profesión. Además, consideraba que involucrarse en algo así implicaba un cierto afán tecnicista, algo que ella aborrecía y de lo que, según afirmaba, carecía. “Helen fue una de las primeras fotógrafas americanas en comprender la fotografía callejera como una forma potencial de arte” dijo en una ocasión Sandra Phillips, responsable del Museo de Arte Moderno de San Francisco [en inglés]. “No era una fotoperiodista, era en realidad más que una poeta”.

 

Ese gusto por lo cotidiano, sin dejarse llevar al mismo tiempo por un afán reivindicativo, son posiblemente dos de los elementos que le llevaron a mostrar especial interés por la actividad de los niños neoyorquinos en las calles de la ciudad. Así, varias de sus fotografías más emblemáticas tienen como protagonistas a menores de edad. En el Harlem, uno de los escenarios predilectos de su fotografía junto con el Lower East Side, captó el juego infantil en una época en la que la crisis financiera y bursátil lo invadía todo. Sin embargo, al igual que negó que su fotografía recogía en parte una conciencia social, también rechazó, en una entrevista concedida a la revista New Yorker [en inglés] en el año 2001, la idea de que sintiera predilección por los niños. “La gente cree que amo a los niños, pero no es así. No más que al resto de las personas. Lo que sucede es que son ellos los que están en las calles.”

 

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La fotógrafa mostró especial interés por instantes de la infancia / Fuente: lensculture.com

 

Las imágenes de niños que captaba Levitt eran inocentes, alegres, extrovertidas. A pesar del contexto en el que se ubicaban, dentro de barrios de clase social media-baja, la fotógrafa neoyorquina supo captar esa alegría que sólo la inocencia infantil puede generar. “Representa como nadie los momentos formativos en la vida de los niños, comprende su esencia, pues para ella no son seres extraños”, afirmó Arthur Ollman, director del Museo de las Artes Fotográficas de San Diego, [en inglés] en una entrevista a The Times en 2004. Además, el responsable del museo  añadió, respecto a la apariencia amable de las fotografías de Levitt que, a pesar de que hay algo dulce en su trabajo, “los temas que trata son serios”.

 

Además de la fotografía, Helen Levitt cultivó de manera puntual el cine documental, llegando a colaborar con Buñuel [en inglés] en algún proyecto propagandístico durante la Segunda Guerra Mundial. En la década de los 50 se dedicó al cine, pero volvió nuevamente a centrarse en la fotografía en los 60, con la intención de explorar las posibilidades del color. Finalmente, la nueva técnica no le convenció y retomaría la fotografía en blanco y negro, en dónde se ubican sus mejores obras artísticas. A pesar de haber sido poco conocida popularmente, sus fotografías marcan un hito en la representación gráfica de una de las ciudades más pintorescas del mundo. Su forma particular de retratar Nueva York convierte su obra en un tesoro único e irrepetible. Como afirmó David Alandete en el reportaje que escribió para El País con motivo de su muerte, “el suyo será, para siempre, un testimonio privilegiado de un pasado que ya no regresará”.

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