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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Hace aproximadamente un lustro, el arquitecto Óscar Niemeyer regaló a la Fundación Príncipe de Asturias el boceto de lo que actualmente es el Centro Niemeyer. Lo hizo con motivo del 25 aniversario de la Fundación, en agradecimiento al premio que ésta le otorgó en 1989. Debido al elevado coste del proyecto, y al escaso grado de maduración del mismo, los gestores de los premios asturianos decidieron donar el boceto al Gobierno del Principado de Asturias que, unos meses más tarde, decidiría desarrollarlo y levantarlo en Avilés. Esta fue la primera de una cadena de decisiones que darían paso a uno de los mayores proyectos culturales de España.

 

Aspecto general que presenta el entorno del Centro Niemeyer tras su recuperación ambiental / ADRIÁN CORDERO

 

Arquitectónicamente correcto

El primer motivo por el que el Centro Niemeyer es arquitectónicamente correcto es precisamente su ubicación en Avilés, una ciudad castigada durante décadas por una industria pesada que impedía vislumbrar horizontes más allá de la sempiterna cabecera siderúrgica. A pesar de ello, durante los años 90, y sobre todo en la última década, fueron muchos los esfuerzos realizados para mejorar la imagen de la ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. Una gran apuesta urbana que comenzaría con el saneamiento del entorno marítimo y fluvial, y que se completaba con la peatonalización masiva del casco histórico y un ambicioso plan de rehabilitación de sus edificios más emblemáticos. Sin embargo, faltaba la guinda, y esa guinda es precisamente la que ha venido a poner el Principado ubicando el centro cultural en Avilés. Una apuesta a priori arriesgada, pero que constituye un acto de justicia con una ciudad ofuscada que había dejado de creer en sí misma.

 

Detalle del Jardín Francés, uno de los lugares emblemáticos de Avilés recientemente recuperados / ADRIÁN CORDERO

 

El segundo aspecto coherente del Centro Niemeyer desde el punto de vista arquitectónico es su coste. Con un presupuesto total que ronda los 44 millones de euros, el complejo de la Ría avilesina está muy lejos de las cantidades estratosféricas que generalmente consumen este tipo de proyectos. Basta con echar un vistazo a nuestros vecinos vascos, que invirtieron en su Guggenheim más de sesenta millones ya en la década de los noventa; o a la Comunidad Valenciana, cuya Ciudad de las Artes y las Ciencias ya se ha llevado por delante más de mil millones de las arcas públicas. La fantasmal Ciudad de la Cultura gallega o el remodelado Ayuntamiento de Madrid completan un cuadro de inversiones desproporcionadas por parte de las administraciones públicas que parecen haberse puesto de moda en las últimas décadas. El Centro Niemeyer ha sido, a todas luces, un proyecto barato.

Respecto al rendimiento que generan a largo plazo este tipo de inversiones, hay quien no duda en calificarlas de “pelotazos” urbanísticos. De un tiempo a esta parte, todas las ciudades quieren tener su Gehry, su Calatrava… y su Niemeyer. Pero el término debe ser matizado porque, a priori, no constituye ningún delito ubicar este tipo de proyectos en zonas urbanamente degradadas con el objetivo de revitalizarlas. En un caso de corrupción urbanística incurre aquél que, bajo presiones empresariales de diversa índole, y a cambio de todo tipo de compensaciones, gestiona la cosa pública de manera fraudulenta, sin tener en cuenta los procesos democráticos de toma de decisiones en una administración, y realizando favores a empresarios a cambio de compensaciones personales. En el caso de Avilés, sin embargo, nos encontramos con que los suelos en los que en el futuro se desarrollarán promociones de viviendas son en la actualidad de titularidad pública, y han sido las administraciones públicas las que han decidido otorgar usos terciarios a una zona industrial deprimida. Por lo tanto, los constructores que en el futuro quieran realizar sus promociones en dicho suelo, tendrán que abonar a las arcas municipales y autonómicas las cuantías oportunas por el valor de dicho terreno y, en última instancia, esto repercutirá en el bienestar de los ciudadanos. No son por lo tanto constructores privados los que, estando en propiedad de un suelo deprimido, deciden presionar al ayuntamiento para que permita en él usos urbanos. Son las propias administraciones las que, como titulares de dichos terrenos, han decidido revitalizarlos, provocando de esta manera un doble efecto beneficioso para la ciudadanía: por un lado, la recuperación ambiental y urbanística de la zona y, por el otro, la generación de unas plusvalías que en última instancia servirán para realizar otro tipo de inversiones. El proyecto se llama Avilés Isla de la Innovación y sus promotores, las administraciones públicas, ya se han unido en sociedad para tal fin. Ni un solo promotor privado se encuentra representado en dicha sociedad.

 

Fachada principal del auditorio del Centro Niemeyer / ADRIÁN CORDERO

Un último aspecto de la naturaleza arquitectónica del complejo tendría que ver con su carácter integrador. El Centro Niemeyer no es una más de las apuestas arquitectónicas mastodónticas del Siglo XXI. El complejo avilesino no apabulla con sus dimensiones, ni deslumbra con sus reflejos, ni impone con su altura. Todo lo contrario: el Centro Niemeyer es un espacio de proporciones coherentes, que se integra perfectamente en el entorno portuario e industrial en el que se ubica. Los nuevos edificios pueden además generar sinergias interesantes con la ciudad, con la que interactúan gracias a dos nuevas pasarelas y un renovado paseo marítimo. Sus curvas suaves y uniformes otorgan al complejo un aire de humildad, naturalidad y coherencia. Es, en definitiva, un proyecto bello que, sin embargo, no incurre en excesivos alardes. Insuficiente para los devotos de la arquitectura hiperbólica, pero coherente con los usos que se le quieren dar. Vamos a verlos.

 

Culturalmente ambicioso

Cuando el centro cultural de Avilés todavía no era más que una simple maqueta, y en su  futuro emplazamiento se acumulaban montañas de piezas siderúrgicas, al Partido Popular de la ciudad se le ocurrió rebautizar el proyecto como el Centro Óscar Mayer. Consideraban los conservadores que el complejo de Avilés era una especie de fiambre, un continente sin contenidos que se quedaría un una promesa electoral más de los “sociolistos”. Se equivocaban, y la broma que en su día pudo resultar ingeniosa por el juego con el nombre del arquitecto, perdió buena parte de su gracia y se volvió rápidamente en contra de los populares.

A estos “macarras de la moral”, que diría Joan Manuel Serrat, se les acabaron los argumentos el día que, con el centro todavía en cimientos, comenzó a funcionar la Fundación Niemeyer, que desde entonces gestiona la vertiente cultural del proyecto. Con un presupuesto irrisorio, y en un hecho casi sin precedentes en la historia de España, el centro empezó a programar eventos culturales antes de que las máquinas hubieran terminado su trabajo. El contenido llegó antes que el continente, y llegó además con una fuerza que sorprendió a todos los avilesinos, incluyendo en este caso a la oposición y al propio gobierno local que, por aquél entonces, todavía no tenía los deberes hechos.

 

Actuación de Woody Allen durante la inauguración del centro / ADRIÁN CORDERO

Al de sobra conocido idilio de Woody Allen con el centro cultural, se fueron uniendo poco a poco otros nombres de la talla de Wole Soyinka, Carlos Saura, Wim Wenders o Paulo Coelho. Pero no nos equivoquemos, Avilés ya era una ciudad con una gran inquietud cultural antes de que el Centro Niemeyer atracara en la Ría. Lo que la Fundación pretendió fue, sin embargo, elevar esa tradición cultural al rango de excelencia; y de esa idea surge el proyecto bautizado como C-8 de la Cultura, un encuentro entre los principales centros culturales del mundo que equiparaba el equipamiento avilesino con otros referentes internacionales como el Lincoln Center neoyorquino, el Pompidou francés o la Biblioteca de Alejandría.

El proyecto ganó adeptos, y el cine dio paso a otras disciplinas, de manera que poco a poco se fue consolidando la idea de que todas las artes caben en el Niemeyer. Exposiciones, música, teatro, gastronomía, palabra y educación acompañan al séptimo arte en este ambicioso proyecto cultural que va más allá de las caras conocidas, y que cuenta con un Consejo Asesor Internacional en el que participan, entre otros, el mencionado Woody Allen o el científico Stephen Hawking.

Paco de Lucía, Joan Manuel Serrat, Yo-Yo Ma o el difunto Enrique Morente vendrían a poner la música a un espacio en el que todo cabe, y que no duda en ofrecer oportunidades a los jóvenes artistas asturianos. Los alumnos del Conservatorio de Música, los estudiantes de Arte Dramático o los jovencísimos The Morrigans también han tenido la oportunidad de dar a conocer sus proyectos artísticos en el nuevo marco cultural avilesino. Un apuesta innovadora y variopinta que responde a la filosofía de su Director, Natalio Grueso, cuando afirma en una reciente entrevista que el Niemeyer “no es un museo, sino un centro cultural en el que caben todas las artes.” La vertiente cultural del centro es esencial para complementar su naturaleza arquitectónica. Pero hay un último elemento determinante en todo este proceso, y es que el Centro Niemeyer es, promocionalmente, impecable.

 

El auditorio es un espacio en el que tienen cabida todas las artes escénicas / ADRIÁN CORDERO

 

Promocionalmente impecable

Impecable por infinidad de motivos. Porque con un presupuesto ínfimo ha conseguido cientos de minutos de televisión. Porque, de haberse optado por la vía publicitaria convencional, se habría realizado una inversión millonaria. Porque, con la promoción del Centro Niemeyer, no sólo se da visibilidad al proyecto fuera del Principado, sino que también se legitima su naturaleza a nivel autonómico y local.

Los avilesinos estaban hartos de salir en los medios porque un terrorista había montado las bombas del 11 de Marzo en la ciudad, o porque un nuevo asesino de los llamados machistas había tenido a bien cometer su infamia en la ciudad.  Ver a Brad Pitt pasean por los soportales del casco histórico de la villa constituía un hito capaz de cambiar una mentalidad de una ciudad ahogada en su propio llanto. Con Pedro Zuazua a la cabeza, el equipo de comunicación del Niemeyer ha conseguido en tres años más impactos televisivos para la ciudad que en los más de cincuenta años de historia del ingenio. Ha conseguido más búsquedas en Google de las que jamás se habrían podido soñar. Ha conseguido un Trending Toppic, más de 6.000 amigos, cientos de comentarios en medios de comunicación, e infinidad de artículos en blogs modestos como el que gestiona un servidor.

Por Avilés han pasado cientos de periodistas, nacionales e internacionales, que han vuelto a sus redacciones con un buen puñado de fotos en sus tarjetas, y unos cuantos halagos en la libreta. Sobre el Niemeyer se han escrito artículos kilométricos que han desvelado lo mucho que se está haciendo en una pequeña ciudad asturiana por cambiar el pasado y afrontar el futuro. Se ha activado ese mecanismo emocional que conlleva el éxito del pobre, el que hace que nos sintamos reflejados en una ciudad que, sin ser nada, puede llegar a ser todo lo que se proponga. Avilés es el Sporting matagigantes, el Súper Depor,   el Euro Geta… Es el espejo en el que se miran millones de españoles que, asombrados, se sienten identificados por el hecho de que no todo se haga en Madrid, o en Barcelona, o en Bilbao.

 

Los actos inaugurales concluyeron con un espectáculo de fuegos artificiales / ADRIÁN CORDERO

Avilés está en el mapa y, aunque todo influye, el elemento de promoción ha sido sin duda el que más ha sobresalido. Y en conjunto, si sumamos una arquitectura correcta, una gestión cultural ambiciosa, y una promoción impecable, tenemos como resultado uno de los proyectos culturales más importantes del momento. Estas tres patas son las que, a mi juicio, sostienen El Milagro Avilesino.


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Hoy me han querido convencer de que el problema del periodismo es Internet. Han intentado explicarme que el periodismo de calidad agoniza por culpa de las nuevas tecnologías; que los twitters, facebooks, foros y demás herramientas son los verdaderos rivales del periodismo. Y me ha querido convencer de ello un periodista. Un periodista del siglo XX.

Vayamos por partes. Que todo el mundo hoy en día puede comunicarse con mucha más facilidad que hace unas décadas nadie lo discute. Que las nuevas herramientas permiten flujos de información desconocidos hasta ahora tampoco. Pero de ahí a que esto suponga un lastre para el periodismo hay un trecho. Eso es una oportunidad y, como tal, hay que saber aprovecharla. Ahogar nuestras miserias culpando a otros de las mismas no es el camino. Internet es el futuro y, en ese terreno de juego, es dónde tenemos que encontrar nuestras oportunidades. Algo que, en definitiva, nos haga diferentes y, sobre todo, mejores comunicadores; porque eso es lo que somos, comunicadores, y eso es lo que sabemos hacer mejor que nadie, aunque todo el mundo sea capaz de hacerlo.

La persona que trató de convencerme de semejante despropósito puso como ejemplo a los ingenieros: “nadie más que un ingeniero puede planificar obras de ingeniería”, afirmó. Sí, es un buen ejemplo, como también lo sería un médico, un cirujano o un piloto de avión. Pero, sinceramente, la necesidad de comunicarse está en la raíz misma de la naturaleza humana y ahí, en realidad, poco ha tenido que ver Internet. También comemos, y no todos somos catadores profesionales; y cocinamos, aunque seguramente muy pocos de los que están leyendo este artículo en este momento tienen una Estrella Michelín. Vamos a ver dónde está el verdadero problema.

Desde hace años, el periodismo se ha insertado dentro de una lógica empresarial. Una lógica empresarial que, como tal, tiene un principio fundamental: la maximización de beneficios. Y en ese contexto es dónde tenemos que buscar los verdaderos problemas del periodismo. Un periodismo que se preocupa más por llegar antes, que por llegar mejor, no es periodismo. Un periodismo que se preocupa más de transmitir muchos mensajes, que de transmitirlos de una manera elaborada, tampoco es periodismo. Un periodismo que opta antes por temas interesantes que por los temas importantes, no es periodismo. Y ahí es donde encontramos la competencia.  Ahí, en el periodismo basura, en el periodismo poco elaborado; periodismo sencillo, de titulares impactantes, de lectura rápida y de contextualización nula. Periodismo basado en la inmediatez, en la devaluación de contenidos y de comentarios, en la especulación y la rumorología. Periodismo, como he dicho, basura.

Ése es el periodismo que cualquier usuario de internet puede hacer. Esa es la comunicación que cualquier persona no profesional puede llevar a cabo. Lo que no es tan sencillo es contextualizar los hechos; ni jerarquizar la información, ni interpretar la realidad de manera coherente y sosegada. No  es menos complicado titular de manera directa, sencilla y eficaz. Sintetizar los hechos, separar la paja del grano, encontrar los matices relevantes de la realidad. Lo difícil es hacer comunicación de calidad; y ahí, exclusivamente ahí, es donde tenemos que buscar nuestro nicho y revalorizar nuestra profesión.

Cuatro años de estudios superiores son suficientes para convertirnos en grandes comunicadores. Esto es una profesión con unas normas, con unos problemas éticos, una deontología y unas pautas a seguir. Aquél que piense que cualquiera está capacitado para escribir con criterios periodísticos sin ningún tipo de formación está equivocado. Habrá una, o dos, o tres personas que, por lo que sea, tienen una capacidad especial. Pero no es lo normal. Un periodismo de calidad es posible con el esfuerzo de todos. Con el compromiso, en primer lugar, de los grandes grupos de comunicación, que han de buscar, en los contenidos de calidad, su oportunidad de negocio. Cuando la comunicación se hace masiva es cuando, más que nunca, la comunicación de calidad constituye un elemento diferenciador. Para ello hacen falta ganas, tiempo, y dinero. Plantillas de calidad, compuestas exclusivamente por licenciados, en las que los contenidos se elaboren de manera pausada, reflexiva y coherente. Hace falta interpretación, contextualización y razonamiento. La gente tiene mucha información pero, desgraciadamente, cada vez tiene más sed de conocimiento. Para eso, para generar conocimiento, está la comunicación responsable y de calidad. No busquemos los problemas fuera porque, en realidad, están mucho más cerca de lo que pensamos.

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Este blog nació de un proyecto universitario en el marco de una asignatura que tenía que ver con el tratamiento de la información en la red. Después de haberlo tenido abandonado durante mucho tiempo, he decidido recuperarlo y utilizarlo para compartir con todos vosotros los reportajes fotográficos que a menudo realizo.

 

Filosofía general del nuevo locoporelinstante

Esta nueva etapa en locoporelinstante pretende compaginar las que seguramente son mis tres principales aficiones: la fotografía, la meteorología y el periodismo. ¿Y cómo lo vamos a hacer? Pues a través de reportajes fotográficos narrados que, por un lado, permitirán conocer de primera mano las experiencias descritas y, por el otro, incorporarán reflexiones sobre las condiciones meteorológicas disfrutadas en cada experiencia.

Esto es solo el principio, pero en el futuro trataremos de ir un paso más allá trtando de incluir reflexiones relacionadas con el medio ambiente, la sostenibilidad y el panorama energético mundial. Y, cómo no, nos acercaremos a conocer de primera mano la obra de grandes fotógrafos que a menudo exponen en Madrid.

 

Con qué empezaremos

Aunque algunos ya los habéis visto, creo que los reportajes sobre la ciudad de Nueva York serían una muy buena forma de comenzar esta aventura fotográfica. Más adelante, os invitaré a conocer el carnaval de Avilés y, ya la semana que viene, podremos disfrutar de la inauguración del Centro Niemeyer de la ciudad asturiana. Ahí va un adelanto:

 

El antroxu avilesino

La Plaza del Carbayo, iluminada durante el Antroxu de 2011

 

 

El Centro Niemeyer

Últimos remates en la construcción del Centro Niemeyer

 

 

Viaje a Nueva York

Una vista del Empire State desde la Pequeña Italia neoyorquina

 

Os invito a todos a participar en esta pequeña aventura que espero tenga éxito.

Un saludo.

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Puerta del Sol, Madrid, diez de la mañana. El cielo está enmarañado por pequeñas nubes, que no impiden que los primeros rayos del sol ya golpeen contra las fachadas de la vetusta plaza. La primavera se nos muestra en todo su esplendor, la temperatura roza los 20 grados, y los camareros se afanan en instalar las terrazas, esquivando como pueden las ruidosas obras que en los últimos meses afectan a la plaza. Es sábado, hace buen tiempo, y el día promete. Los fotógrafos por la ciudad de Madrid son una estampa habitual. Los hay de todo tipo, desde turistas con pequeñas cámaras digitales y riñoneras, hasta auténticos profesionales con trípode y grandes teleobjetivos. Fotógrafos de prensa, nostálgicos con antiguas réflex analógicas, o adolescentes que se esfuerzan por enfocar tras la fiesta de la noche anterior son otros de los prototipos. Están todos,  y yo, cámara en mano, me dispongo a pasar una jornada de fotos por Madrid. Una jornada de fotos, con ellos.

 

Puerta del Sol

Vista de la sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol / Adrián Cordero

Vista de la sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol / Adrián Cordero

 

Tras asomarme por la boca del metro, y disfrutar unos instantes del aire sano de la mañana, diviso a mi primer objetivo. Es Miguel Ángel, y en ese momento se esfuerza en encontrar el encuadre perfecto del antiguo edificio de la Real Casa de Correos de Madrid, actual sede de la Comunidad. Para entendernos: la Puerta del Sol. Me aproximo a él, y espero a que culmine la instantánea para que me la muestre. Emplea un trípode profesional, y la cámara incorpora un gran objetivo que alcanza hasta 200mm.

-¿Para qué empleas el trípode? –le pregunto-. Hay suficiente luz como para que la imagen no salga movida.

-No tiene nada que ver con la luz –me responde un tanto ofendido-. Lo hago para conseguir el mejor encuadre. Mi pulso no es lo suficientemente bueno, y quiero tener una toma perfecta del edificio más emblemático de Madrid. 

Miguel Ángel viene de Barcelona, y se muestra maravillado por los encantos de la ciudad. “Todos tenemos en realidad una imagen mental de Madrid, pero no hay nada como verla in situ”, me comenta. Según afirma, lleva desde las siete de la mañana recogiendo tomas de la capital. “Necesitaba ver amanecer. El cielo que hemos tenido ha sido una maravilla”. Pero lo cierto es que, si bien ver amanecer en Madrid es bonito, para este loco por el instante no hay nada comparable al ocaso. Los colores son más puros, y éste puede ser contemplado desde lugares privilegiados de la capital, como el parque de El Retiro, el Templo de Debod, o el propio Palacio Real. Le emplazo a que contemple el atardecer y me despido. Tras el susto inicial, Miguel se muestra mucho más amable y agradece mis consejos. No obstante, parece no necesitarlos, pues echando un vistazo a sus fotografías, se nota enseguida que es todo un portento de la disciplina.

 

Plaza Mayor

Vista general de la Plaza Mayor, con las terrazas en primer término / Adrián Cordero

Vista general de la Plaza Mayor, con las terrazas en primer término / Adrián Cordero

 
Me adentro en el Madrid de los Austrias, donde me encuentro a un nutrido grupo de estudiantes que pasan unos días en Madrid. A primera vista, no muestran gran admiración por la Plaza Mayor, invadida estos días por los operarios que se afanan en instalar el escenario de las fiestas de San Isidro. Observo que hay una persona a la que sí le llama la atención su arquitectura. Su nombre es Silvia, y porta una cámara digital compacta de gama media. Al principio se muestra recelosa de hablar conmigo, pero cuando le informo de cuál es mi propósito, se relaja y comienza a contarme su experiencia. 

-Me encanta Madrid. Vine hace años con mis padres, pero era muy pequeña, y casi no lo recordaba.

-¿Has tenido la oportunidad de verlo en Navidad? La Plaza Mayor en Navidad no tiene desperdicio.

-No, ya te he dicho que no recuerdo casi nada.

-¿Conoces la historia de esta plaza? –le pregunto, intentando crear un ambiente más agradable-.

-Tengo entendido que pertenece al Madrid de los Austrias, pero no sé mucho más. 

Le explico a grandes rasgos que data del siglo XVII y que, efectivamente, es obra de la dinastía de los Austrias. Madrid era todavía por aquel entonces la capital de uno de uno de los imperios más influyentes del mundo, que no obstante se encontraba al borde de la decadencia. Pero hablemos de fotografía. A Silvia le gusta la fotografía, pero no la cultiva asiduamente. Asegura que sólo coge la cámara cuando va a algún sitio que no conoce, para recordarlo. 

-Pero entonces, ¿nunca has hecho fotos a tu ciudad? –le pregunto un tanto intrigado-.

-La verdad es que no. Lo cierto es que la ciudad de donde vengo, Ferrol, tampoco es especialmente bonita.

-¡Pero es no tiene nada que ver! ¿Quién dijo que una fotografía tiene que ser bonita? Es más, ¿quién decide lo que es exactamente bonito?

Mi pregunta le desconcierta, se queda pensativa, y al poco me espeta con decisión:

-¡Una fábrica no es bonita!

-¡Eso es una tontería! –respondo ya algo contrariado-.

-Son sucias –dice ella con cierto temor, al ver mi reacción-. 

Dado que veo complicado que entre en razones, le emplazo a ver un reportaje propio sobre la siderurgia en Avilés. Me promete que lo hará y, sin más, nos despedimos. Mientras me alejo oigo cuchicheos. Me temo que a Silvia no le he caído demasiado bien. Confío, en cualquier caso, en que vea el reportaje.

 

 Barrio de La Latina

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Andamiaje en un edificio del barrio de La Latina / Adrián Cordero

  

Continúo mi periplo, y en esta ocasión me dirijo hacia el barrio de La Latina. El sol ya está alto, aunque no aparece nítido. Las nubes van ganando terreno y no invitan al optimismo. Es hora de comer algo, y me integro entre la multitud que tapea por el conocido barrio madrileño. No tardo en encontrarme una cámara. No sé hacia dónde apunta. No hay ningún monumento, ni ninguna escena que a priori llame la atención. Para Silvia, mi anterior interlocutora, la escena sería simplemente un sinsentido. Sin embargo, yo no lo veo así, y decido acercarme y preguntar. 

-Perdona, ¿me puedes decir qué estás fotografiando? -Mi pregunta le inquieta, me mira con extrañeza, y me veo en la obligación de dar explicaciones-. Escribo en una revista digital sobre fotografía, y estoy haciendo una crónica.

-Estoy fotografiando a ese gato –contesta ya más tranquilo-. ¿Qué quieres saber exactamente?

-Me sorprende que fotografíes a un gato. No es habitual que la gente haga este tipo de tomas. ¿Eres de aquí, verdad?

-Sí, de Vallecas.

Dado lo curioso de la escena, decido averiguar algo más sobre este individuo. -¿Por qué un gato? –pregunto curioso-.

-Me ha llamado la atención, sin más. No me gusta fotografiar cosas muertas. Prefiero captar instantes concretos, únicos.

-Veo que te gusta la fotografía. ¿Qué más cosas te caracterizan?

-Fundamentalmente eso, fotografía con vida, generalmente humana. Me gusta que mis tomas tengan un significado que vaya más allá de lo estético. 

Me despido de Jorge con la ilusión de haber encontrado otro tipo de fotógrafo en las calles de Madrid. Efectivamente, nunca se acaban los instantes. Puedes fotografiar doscientas veces el Palacio Real, y en realidad estarás fotografiando doscientas situaciones distintas. En una habrá una pareja de recién enamorados. En la siguiente, es posible que aparezca un matrimonio que espera a su primer hijo, y en una tercera, el sol incidirá de tal manera que nunca antes, y nunca después, podrás captar una luz semejante. Y así, tantas veces como quieras. 

Su enseñanza me ha servido, y capto un instante que, en principio, se me antoja único. El sol luce fuerte por unos minutos, y un andamio que a priori no aporta nada, adquiere un matiz muy particular. Seguramente, en ningún otro momento del día podría haberlo apreciado de semejante manera.

 

 Parque de El Retiro 

Parque del Retiro en primavera / Autor: Adrián Cordero
Estampa primaveral del parque de El Retiro / Adrián Cordero

 

Entra la tarde. Prosigo con mi paseo, que no obstante va llegando a su fin. Me dirijo al parque de El Retiro. Cientos de jóvenes se amontonan en el entorno del lago. Hay música, hay ambiente. La primavera invita al paseo, aunque el cielo cada vez está más amenazante. Una pareja llama mi atención en medio de la multitud. Álvaro y Sandra portan sendas cámaras réflex, apuntando a lugares distintos, pero mirándose de reojo. Sandra se gira, y toma una fotografía de su pareja, que en ese momento está distraída. Observa el resultado, y le sonríe. Aún a sabiendas de que estoy rompiendo un momento íntimo, decido acercarme. Ambos me miran con extrañeza. Me identifico y les explico mi propósito. Me explican que tienen gustos muy diferentes a la hora de tomar una foto.

-Nos complementamos muy bien –afirma ella-. Yo soy más propensa al captar el sentido humano, y él prefiere las tomas inertes, estéticas.

-Perfecto entonces, ¿no?

-Así es –contesta él-. Lo cierto es que nos complementamos en todos los sentidos.

 Ambos se miran y sonríen. Mi presencia no les incomoda, pero lo cierto es que en sus ojos no se observa otra cosa que el deseo de estar solos. Me despido de ambos deseándoles lo mejor, y decido poner fin a mi ronda fotográfica. Atrás dejo a personajes de todo tipo. Madrid es una ciudad fotogénica, y eso se refleja en sus calles. Alberga, entre otro tipo de eventos, el festival PHotoEspaña, referente fotográfico en el ámbito nacional e internacional. Se trata, además, de uno de los destinos europeos de referencia, por lo que no es extraño encontrarse con numerosos grupos de turistas que también se afanan en retratar los encantos de la capital. Recónditos pasadizos conviven en armonía con la grandeza monumental de los palacios. Multiplicidad de exposiciones y museos de referencia como el Reina Sofía, muy volcado con la fotografía, completan la esencia de una ciudad que, sin duda, es ineludible para cualquier loco por el instante.

 

Loco por el instante os invita a ver más sobre Madrid …

Con una selección de reportajes propios colgados en la web meteoasturias

 

Madrid en Navidad

Reportaje realizado entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre de 2008. Recoge la iluminación navideña de las calles y plazas de la ciudad. [+]

Parque de El Retiro

Reportaje realizado a principios de junio de 2008. Muestra el conocido parque madrileño en todo su esplendor primaveral. [+]

Madrid desde el aire

Reportaje realizado a finales de mayo de 2008. Además de narrar una excursión académica por el centro de la ciudad, ofrece unas vistas únicas desde uno de los rascacielos de la Castellana. [+]

Madrid en fiestas

Reportaje realizado entre mayo y junio de 2008. Incluye, además de las celebraciones de Madrid, fotografías de la ciudad de Getafe, que también celebra sus fiestas por las mismas fechas. [+]

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Roberto Araoz es sin duda un prototipo de loco por el instante. Estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid, cultiva la fotografía desde hace varios años, y en su camino ha obtenido reconocimientos de renombre dentro del panorama nacional, entre los que destacan el premio de fotografía de El País (EP3) en 2006, la final de Fototalentos 2008 o el primer premio de Fotoactívate 2008. Siempre con su cámara a la espalda, asegura que lo más importante para conseguir una buena instantánea es precisamente eso: llevar la cámara encima y estar atento a lo que sucede. En la actualidad, ejerce como fotógrafo profesional en la cobertura de conciertos y eventos deportivos, aunque sin descuidar en ningún momento la vertiente creativa que siempre le ha caracterizado.
 
 
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Pregunta. Nos encontramos en una época de fuertes cambios tecnológicos. En el caso de la fotografía, la principal novedad ha sido el salto del analógico al digital, ¿qué ha cambiado exactamente?

Respuesta. Ha cambiado todo. Sobre todo, ha acercado la fotografía al gran público, con sus consecuencias positivas y negativas. Ahora mismo la fotografía es algo mucho más accesible. Cualquiera puede hacer una foto, y esto es espectacular pero, a su vez, ha minimizado el valor intrínseco de la imagen, de la instantánea.

P. ¿Podemos hablar entonces de una democratización de la fotografía ?

R. Sin ninguna duda. Muchos fotógrafos tienen un cierto temor a este proceso,  por una cuestión de incremento de la competencia, evidentemente. Pero yo creo que es enormemente enriquecedor, ya que este salto tecnológico posibilita el acercamiento de muchísima gente nueva a la fotografía. De hecho, yo llegué a este mundillo de la mano de una compacta digital, para hacer el proceso inverso y terminar años más tarde utilizando también cámaras analógicas.

P. Las herramientas de edición de imágenes han revolucionado por completo la disciplina, de manera que las posibilidades de modificar la toma inicial son cada vez mayores. ¿En qué medida eres partidario de utilizar estos programas? 

R. Yo utilizo Photoshop. A veces más y a veces menos. Lo utilizo en la misma medida en que años atrás se utilizaba el laboratorio cuando se positivaban las imágenes. La diferencia es que ahora es muchísimo más sencillo, rápido y eficiente. No tiene sentido cerrar las puertas al progreso y refugiarse en el pasado. La era digital de la fotografía abierto muchas puertas, ¿por qué no aprovechar eso?

 

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Roberto Araoz desarrolla al máximo su creatividad artísitica cuando viaja. / Autor: Roberto Araoz

 

P. La generalización del fotoperiodismo revolucionó en su momento el mercado de la prensa. ¿Crees que se está produciendo un retroceso en este sentido? 

R. Los fotoperiodistas lo están pasando muy mal. Estamos ante una coyuntura en la que reducir costes es primordial y los redactores multitarea se están comiendo el terreno. Lo que pasa es que muchas veces se infravalora el fotoperiodismo. Hemos llegado a ver incluso la publicación de fotografías tomadas con móviles en publicaciones “serias”. Hay en este sentido ese retroceso del que hablas. El fotoperiodismo como una disciplina pura y dura se está desdibujando.

P. Bresson, Levitt, Seymour, son nombres que cada vez suenan menos en las facultades de periodismo, ¿crees que tiene suficiente peso esta disciplina en nuestra licenciatura?

R. Sin duda me gustaría que tuviese más peso, pero a una licenciatura de periodismo no se le puede pedir todo. El fotoperiodismo se aprende en la calle.

P. En cualquier caso, ¿se ofrece a los alumnos las herramientas necesarias para aproximarse al mundo de la fotografía?

R. En teoría sí. En la universidad hay cámaras disponibles para el préstamo a los alumnos, aunque con ciertas restricciones. Pero lo cierto es que la aproximación a la fotografía es algo que tiene que venir de uno mismo.

 

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Las fotografías de Araoz han recibido múltiples reconocimientos. / Autor: Roberto Araoz

 

P. Hablemos un poco de tí. Tengo entendido que varias de tus fotografías han sido premiadas en certámenes. ¿Algún reconocimiento que te haya hecho especial ilusión?

R. Todos han sido motivo de alegría. Quizás el que más disfruté fue uno que no gané: Fototalentos 2008. Fui finalista y la fotografía que presenté formó parte de una exposición itinerante, a la vez que se publicó en un libro. En el acto de presentación me di cuenta de la maginutd de aquel concurso. Entre los finalistas había 16 nacionalidades diferentes.

P. ¿Y tus primeros pasos en esta disciplina?  

R. Horrorosos. Mi primera cámara terminó en el fondo de un río en Ávila y la segunda tampoco tuvo mucha mejor suerte. Además, recuerdo que me gustaba mucho hacer fotos de atardeceres y me parecían espectaculares. Hoy las veo y sé que de espectaculares tienen más bien poco. En este sentido, la fotografía es una disciplina en la cual nunca dejás de crecer. Cuando creés que has conseguido algo, eventualmente te das cuenta de que seguís dando ese primer paso. 

P. La mayoría de los fotógrafos son autodidactas, ¿es tu caso también?

R. Más que autodidacta,  yo diría que he tenido a lo largo de estos años muchísimos profesores. No sólo en algún curso que otro, sino también en Bresson, Chema Madoz o García Alix, y un largísimo etc. Ver mucha fotografía, muchos estilos diferentes y aprender a interiorizar todo ello es fundamental para adquirir una cultura visual sólida.

P. ¿Qué es más importante, el dominio técnico de la cámara fotográfica, o el ingenio a la hora de elegir la toma precisa? 

R. Lo más importante es hacer la fotografía. Tener la cámara encima. Después, saber elegir el momento preciso, y por último, dominar la técnica. Pero por supuesto… todo esto es complementario. No vale lo uno sin lo otro.

P. Ya para terminar, dime: ¿pasa tu futuro profesional por la fotografía?

R. Si con dedicarse de manera profesional te refieres a cobrar por mi trabajo, entonces ya me dedico de manera “profesional” a la fotografía. En el campo artístico y en el meramente práctico también. Si te refieres a dedicar toda mi vida a ello… estoy seguro de que la fotografía, de una manera u otra, me va a acompañar durante toda mi vida.

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Dos exposiciones simultáneas recogen la esencia de Nueva York en la Fundación Telefónica y La Casa Encendida, de la mano de varios de los fotógrafos más prestigiosos del siglo XX

 

Durante el verano, la ducha colectiva, Lower East Side, 1937. / Fuente: elmundo.es

Durante el verano, la ducha colectiva, Lower East Side, 1937. / Fuente: elmundo.es

 

Casualidad o no, lo cierto es que Nueva York nunca había estado tan al alcance de los madrileños. La ciudad de los rascacielos es una de las más fotografiadas del mundo, y es precisamente ahora cuando muchas de esas instantáneas llegan a Madrid, de la mano de la Fundación Telefónica y Caja Madrid.

 

En las instalaciones que tiene la Fundación Telefónica en la Gran Vía de la capital, se puede ver desde el pasado cinco de marzo una selección de fotografías que recogen la trayectoria del que para muchos es el mejor fotoperiodista de la historia: Arthur Fellig, más conocido como Weegee. El fotógrafo neoyorquino, polaco de nacimiento, reflejó como nadie la realidad social de la ciudad durante las décadas de los 30 y los 40. Su fotografía, siempre ligada a su profesión de fotoperiodista, refleja sin tapujos una sociedad contradictoria, diversa y antagónica. Posiblemente sería un error considerar que las fotografías de Weegee constituyen un elemento de crítica social, como afirma Peio H. Riaño en un artículo escrito para el diario Público. En realidad, cualquiera que se haya acercado o se acerque a la exposición en los próximos días comprobará como el objetivo de su cámara se fijó en todo tipo de cuestiones, de diversa índole, proporcionando seguramente el retrato más verídico posible de cuantos se hayan hecho de la ciudad. En el Nueva York de Weegee había circo e incendios, robos y espectáculo, ópera y alcohol. Había amor sincero, había pasión, fiesta y jolgorio. Pero también había desgracias, accidentes y asesinatos.

 

Los años gloriosos de Weegee comienzan en realidad a mediados de la década de los 30 cuando, harto de su anonimato, comenzó a ejercer como periodista freelance. Poco a poco, su fotografía descarada y atrevida, así como su capacidad para llegar antes que nadie al lugar de los acontecimientos, le fue proporcionando fama en el entorno de la ciudad, y años más tarde la policía le concedería el privilegio de instalar una de sus radios en el coche con el fin de que estuviera al tanto de todo lo que sucedía en la ciudad. Su indiscreción le llevó a fotografiar aquello que los demás no se atrevía a captar. Parejas desinhibidas besándose en el cine, reacciones de horror ante la escena de un crimen o, en la esfera del sarcasmo, el letrero que reza “simplemente añada agua hirviendo” en la fachada de un edificio en llamas. Faldas más cortas de la cuenta, despistes y posados intencionados, completan el retrato del Nueva York más humano, aquel que solo Weegee supo captar, en parte por su descaro pero, sobre todo, por su capacidad única pera encontrar la esencia última de cada instante.

 

 

Vídeo promocional de la exposición ‘Retratos de Nueva York: Fotografías del MoMA’ / Duración: 1’07”

 

‘Retratos de Nueva York’ en La Casa Encendida

Si con la visita a la exposición ‘Weegee’s New York‘ uno ya se puede hacer una idea más o menos completa del día a día de la ciudad de mediados del siglo XX, la propuesta de la Fundación Caja Madrid en La Casa Encendida completa el cuadro definitivamente. En ‘Retratos de Nueva York: Fotografías del MoMA’ se pueden ver, hasta el próximo 14 de junio, una recopilación de obras de más de 90 autores, siempre con la ciudad como elemento de fondo. La exposición, coordinada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) [En inglés], incluye instantáneas de artistas de la talla de Walter Evans, Lee Friedlander, Henri Cartier-Breson o la recientemente fallecida Helen Levitt. Todos ellos fueron testigos directos de la evolución de la ciudad a lo largo del siglo XX y ahora, por unos meses, podemos disfrutar de su obra en Madrid, acercándonos una ciudad y un tiempo que, a la mayoría, no nos ha tocado vivir.

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Helen Levitt retrató como nadie el día a día de la ciudad, poniendo especial atención en los barrios periféricos y su actividad cotidiana. Discípula de Bresson, su obra es un reflejo exhaustivo de la infancia en las calles de la ciudad.

 

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Helen Levitt en 1963 / Fuente: Los Ángeles Times

 

Ni la Gran Manzana, ni la Estatua de la Libertad, ni los grandes rascacielos de Nueva York, aparecen en la obra de Helen Levitt. La fotógrafa neoyorquina, fallecida el pasado 29 de marzo a los 95 años de edad, prefirió orientar su objetivo hacia miras más bajas. En la década de los 30, recibió la influencia de Cartier-Bresson, quien la animó a comprarse su primera cámara, una Leika de 35mm, y de Walter Evans, responsable de sus primeros pasos en el uso del laboratorio. Desde el principio, Levitt mostró interés por los instantes cotidianos de la vida neoyorquina, afanándose en encontrar lo que ella denominaba “el momento decisivo”. Según su propio discurso, no buscaba deliberadamente los instantes que fotografiaba, sino que eran éstos los que se le presentaban a su paso.”Yo nunca quise decir nada en mis fotografías” dijo en una entrevista al Chicago Tribune en 2003. “La gente me pregunta que qué significan y yo no tengo respuestas válidas. Simplemente veo lo que hay”.

 

A pesar del elevado contenido humano de sus capturas, renunció siempre a la práctica del fotoperiodismo, alegando ser “muy tímida” para esa profesión. Además, consideraba que involucrarse en algo así implicaba un cierto afán tecnicista, algo que ella aborrecía y de lo que, según afirmaba, carecía. “Helen fue una de las primeras fotógrafas americanas en comprender la fotografía callejera como una forma potencial de arte” dijo en una ocasión Sandra Phillips, responsable del Museo de Arte Moderno de San Francisco [en inglés]. “No era una fotoperiodista, era en realidad más que una poeta”.

 

Ese gusto por lo cotidiano, sin dejarse llevar al mismo tiempo por un afán reivindicativo, son posiblemente dos de los elementos que le llevaron a mostrar especial interés por la actividad de los niños neoyorquinos en las calles de la ciudad. Así, varias de sus fotografías más emblemáticas tienen como protagonistas a menores de edad. En el Harlem, uno de los escenarios predilectos de su fotografía junto con el Lower East Side, captó el juego infantil en una época en la que la crisis financiera y bursátil lo invadía todo. Sin embargo, al igual que negó que su fotografía recogía en parte una conciencia social, también rechazó, en una entrevista concedida a la revista New Yorker [en inglés] en el año 2001, la idea de que sintiera predilección por los niños. “La gente cree que amo a los niños, pero no es así. No más que al resto de las personas. Lo que sucede es que son ellos los que están en las calles.”

 

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La fotógrafa mostró especial interés por instantes de la infancia / Fuente: lensculture.com

 

Las imágenes de niños que captaba Levitt eran inocentes, alegres, extrovertidas. A pesar del contexto en el que se ubicaban, dentro de barrios de clase social media-baja, la fotógrafa neoyorquina supo captar esa alegría que sólo la inocencia infantil puede generar. “Representa como nadie los momentos formativos en la vida de los niños, comprende su esencia, pues para ella no son seres extraños”, afirmó Arthur Ollman, director del Museo de las Artes Fotográficas de San Diego, [en inglés] en una entrevista a The Times en 2004. Además, el responsable del museo  añadió, respecto a la apariencia amable de las fotografías de Levitt que, a pesar de que hay algo dulce en su trabajo, “los temas que trata son serios”.

 

Además de la fotografía, Helen Levitt cultivó de manera puntual el cine documental, llegando a colaborar con Buñuel [en inglés] en algún proyecto propagandístico durante la Segunda Guerra Mundial. En la década de los 50 se dedicó al cine, pero volvió nuevamente a centrarse en la fotografía en los 60, con la intención de explorar las posibilidades del color. Finalmente, la nueva técnica no le convenció y retomaría la fotografía en blanco y negro, en dónde se ubican sus mejores obras artísticas. A pesar de haber sido poco conocida popularmente, sus fotografías marcan un hito en la representación gráfica de una de las ciudades más pintorescas del mundo. Su forma particular de retratar Nueva York convierte su obra en un tesoro único e irrepetible. Como afirmó David Alandete en el reportaje que escribió para El País con motivo de su muerte, “el suyo será, para siempre, un testimonio privilegiado de un pasado que ya no regresará”.

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